En una ciudad donde la lluvia llega sin previo aviso y las cuestas parecen escritas por un poeta barroco, pedir taxi en Santiago de Compostela se ha convertido en un pequeño acto de autocuidado urbano. Hay quien sostiene que caminar es la mejor forma de conocerla, y lo es; pero cuando el cielo cambia de guión en medio del Obradoiro, cuando una reunión te reclama al otro lado del Ensanche o cuando la mochila del Camino pesa como un relato épico, subirse a un taxi no es un capricho, es una decisión sensata con aroma a café recién hecho y asiento confortable.
El termómetro del tránsito local se toma en sus plazas, en las paradas cercanas a la estación de tren y en los aledaños del aeropuerto, donde los viajeros se debaten entre mirar el reloj o el panel de salidas. Aquí la inmediatez manda, y el ecosistema del taxi lo ha entendido: centralitas que responden con acento cercano, aplicaciones que localizan al conductor más próximo y calles estrechas donde el oficio del volante se vuelve artesanía. “No hay dos trayectos iguales”, dice Xosé, taxista de la zona vieja que confiesa haber memorizado los horarios de las campanas y los atascos de los viernes. Su táctica preferida para los días de lluvia es la de un entrenador en el minuto 89: elegir bien la calle por donde atacar, y hacerlo sin prisas, pero a buen ritmo.
Para el visitante que acaba de sellar su última credencial o el vecino que sale tarde del turno, la información práctica marca la diferencia. La mayoría de taxis permite pagar con tarjeta y contactless, algo que libera bolsillos de monedas sueltas y hace menos dramática la escena del “¿me espera que busque un cajero?”. Los vehículos suelen estar limpios, con maleteros que admiten desde una maleta testaruda hasta un paraguas traicionero que decide abrirse dentro, y el trato es de tú a tú: se habla de fútbol, de meteorología, de esa panadería que resiste con masa madre y carácter. Si se necesitan servicios específicos —silla infantil, un coche adaptado, espacio para una bici plegable— conviene pedirlo con antelación, porque la logística, como el pan bien horneado, no se improvisa.
La cuestión del precio, siempre espinosa en las sobremesas, en el taxi se resuelve con transparencia. Tarifa visible, taxímetro funcionando y suplementos regulados cuando cae la noche o se cruza el umbral del aeropuerto. Hay quien pregunta antes de arrancar cuánto puede salir el trayecto y obtiene una horquilla razonable, con el consenso tácito de que los atascos, como las nubes gallegas, tienen vida propia. En horas punta —esa ventana traicionera en la que estudiantes, funcionarios, peregrinos y repartidores parecen haber quedado en el mismo semáforo— lo sabio es anticiparse unos minutos, porque la puntualidad, en Santiago, marida mejor con una reserva prudente que con un sprint de último minuto.
En la vieja Compostela, donde un giro a la derecha puede convertirse en una clase magistral de urbanismo medieval, el valor añadido del taxi es la inteligencia del conductor para esquivar un autobús, evitar un callejón con reparto o detenerse a medio metro de un charco con aspiraciones olímpicas. De día, la precisión es logística; de noche, la seguridad gana peso: puertas que se cierran, dirección clara y adiós a caminar a deshoras por calles mojadas. Para quienes arriban en tren con prisa por abrazar a alguien o lanzarse a una conferencia, el andén se convierte en una pasarela breve hacia la comodidad: una parada cercana, un maletero abierto como un telón y la ciudad desplegándose en el parabrisas.
La relación del santiagués con el taxi es una mezcla de familiaridad y eficacia. Lo usa quien tiene recados encadenados, quien ha quedado al otro lado del Sar, quien debe alcanzar el hospital en un lapso ajustado, o quien ha pecado de optimista con el tiempo entre misa, café y concierto. Para el sector turístico —hoteles, casas de turismo rural, apartamentos— la coordinación se ha profesionalizado: se llama, se agenda, se confirma. Y para las grandes citas del calendario, como esas semanas en las que el Camino desborda mochilas y sonrisas, los taxis refuerzan turnos con disciplina de banda de música.
La tecnología ha hecho su parte sin arruinar el toque humano. Las apps permiten calcular la hora de llegada, compartir el recorrido con quien espera en casa y guardar direcciones frecuentes. Para los nostálgicos del “buenas tardes, ¿tienen un coche disponible?” el teléfono sigue siendo un aliado infalible, con operadores que, si les preguntas por la lluvia, te responden con un parte meteorológico más preciso que algunos relojes. La coexistencia es pacífica: unos tocan la pantalla, otros marcan; todos llegan a destino con ese alivio mínimo pero intenso que produce quitarse la mochila o cerrar el portátil.
Se diría que aquí el taxi también cumple función de guía espontáneo. Hay conductores que recomiendan el mejor pulpo de la semana, discuten sobre si la tarta debe llevar almendra o poesía, y señalan con el dedo una fachada que pasa desapercibida al caminante distraído. Ese plus de relato local, ese “mire a la izquierda, ahí se rodó…” convierte el trayecto de diez minutos en una cápsula de ciudad. Y a veces, lo que parecía una simple carrera se transforma en la anécdota que luego se cuenta en la sobremesa, con la misma naturalidad con la que se comenta el parte de mareas.
Si alguien se pregunta cuándo conviene llamar, la respuesta práctica es sencilla: antes de un vuelo temprano, después de una lluvia obstinada, en la hora azul de los viernes o cuando el equipaje decide pesar como si llevara piedras del Finisterre. Planificar evita sorpresas, tanto como llevar la dirección escrita y revisar que el móvil tiene batería para indicar un punto exacto si la calle se complica. Y si al final surge un imprevisto —porque la ciudad es viva y los semáforos a veces cambian de humor— no pasa nada: el asiento trasero también sirve para respirar hondo, mirar por la ventana y dejar que la geografía haga su magia con un conductor que sabe por dónde sí y por dónde mejor no.