Hay quien viaja a las Cíes creyendo que todo el archipiélago cabe en una toalla tendida en Rodas. Es un error comprensible: esa media luna de arena blanca y aguas transparentes que une las islas de Monteagudo y O Faro deslumbra a cualquiera en su primer desembarco. Sin embargo, para mí, los lugares de interés en las Cíes solo empiezan a rebelar su alma cuando te calzas las botas, dejas atrás la orilla concurrida y te adentras en una red de sendas donde la naturaleza atlántica y la piedra dictan sus propias leyes.
Mi primer rincón predilecto, casi un paso obligado de recogimiento, es la pasarela que cruza el Lago dos Nenos. Cruzar este istmo natural de aguas calmas, donde la arena resguarda un ecosistema frágil de peces y algas, te sitúa de golpe entre dos mundos: a un lado, la calma de la ría interior; al otro, la promesa de la subida abrupta. Desde allí, el sendero que asciende en zig-zag hacia el Faro de Cíes es una lección de paciencia. Son casi cuatro kilómetros de repecho entre pinos, toxos y el graznido ensordecedor de las colonias de gaviotas patiamarillas, pero coronar la cumbre y asomarse al acantilado de la cara oeste es una sacudida difícil de describir. El Atlántico bate con furia contra las paredes verticales de granito, regalando una perspectiva salvaje donde la isla de San Martiño se recorta al sur como un guardián inaccesible.
A mitad de esa subida nunca dejo de hacer un alto en la Pedra da Campá. Esta mole granítica perforada de forma milagrosa por el salitre y el viento parece una escultura vanguardista esculpida a lo largo de milenios. Asomarse a su oquedad natural para encuadrar el océano infinito tiene un magnetismo hipnótico. A escasos metros, el observatorio ornitológico invita a sentarse en silencio para contemplar el vuelo rasante de los cormoranes moñudos sobre las rompientes.
Para entender la dimensión humana de este santuario, mis pasos siempre buscan el Castro de As Hortas, en la ladera baja de Monte Faro. Detenerme junto a los restos de las viviendas circulares de la Edad del Bronce me obliga a imaginar la vida de aquellos primeros pobladores, recolectando marisco en las rocas y vigilando el horizonte con el temor constante a los temporales oceánicos.
Cuando busco calma absoluta y quiero escapar del viento del norte, enfilo la ruta hacia el extremo norte de la isla de Monteagudo rumbo al Faro do Peito y la Praia das Figueiras. En este arenal resguardado, rodeado de vegetación baja y con una atmósfera de respeto y libertad, el baño en sus aguas gélidas se convierte en un ritual casi balsámico.
Cíes no es una simple suma de miradores o arenales de postal; es un territorio vivo, mineral y agreste. Recorrer estos lugares de interés con la mirada atenta es comprender que el archipiélago te transforma a cada paso, recordándote lo pequeños que somos ante la grandeza intacta del mar.